martes, marzo 17, 2026

Mente en rojo: cuando la salud mental y la imprudencia al volante se cruzan

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Por momentos, manejar parece un acto automático. Pero detrás del volante también viajan el estrés, la ansiedad, la ira y el cansancio emocional de toda una generación.

Santo Domingo.- A menudo pensamos que las imprudencias al volante son solo cuestión de alcohol o falta de experiencia. Pero, ¿y si te dijera que muchas veces el verdadero peligro no está en la carretera, sino en lo que pasa por nuestra cabeza antes de arrancar?

En la República Dominicana, los accidentes de tránsito no solo pueden suceder por el exceso de velocidad o el irrespeto a las señales. Cada vez más especialistas coinciden en que la salud mental juega un papel determinante en la forma en que los jóvenes conducen y toman decisiones en la vía.

La imprudencia al volante aborda una problemática urgente que afecta directamente a los jóvenes dominicanos: la relación entre la salud mental y los accidentes de tránsito, una combinación que cada año cobra miles de vidas y deja secuelas físicas, emocionales y sociales.

Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) señalan que los accidentes de tránsito son una de las principales causas de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años a nivel mundial. En el caso dominicano, más del 60 % de las víctimas fatales en accidentes de tránsito son jóvenes, según estadísticas del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT).

Un informe reciente puntualizó que el 40 % de los accidentes graves involucra conductas impulsivas, como manejar bajo estrés, discutir mientras se conduce o usar el celular de manera compulsiva.

“El joven de hoy vive bajo presión constante: redes sociales, problemas económicos, falta de oportunidades y poca educación emocional”, subrayó la psicóloga clínica Laura Méndez. “Esa carga emocional no se apaga al encender el vehículo”.

La especialista indicó que emociones como la ira, la tristeza profunda o la ansiedad aumentan significativamente el riesgo de conductas imprudentes al volante, como acelerar de forma agresiva, competir con otros conductores o ignorar señales de tránsito.

Carlos, de 23 años, sobrevivió a un accidente tras manejar luego de una discusión familiar.

“Yo no estaba borracho, pero sí estaba fuera de mí. Tenía la cabeza llena de problemas y sentía que iba explotando. Aceleré sin pensar”, relató.

Por su parte, Andrea, de 19 años, perdió a su mejor amiga en un choque de motocicleta.

“Ella venía llorando, peleó con su pareja y decidió manejar rápido. Nadie nos enseña que manejar con la mente rota también es peligroso”, expresó.

 

El uso excesivo del celular mientras se conduce no solo es una distracción física, sino emocional. Expertos consultados por el país DO, indicaron que la necesidad constante de responder mensajes o revisar notificaciones está vinculada a la ansiedad digital, una condición cada vez más común entre jóvenes.

Un estudio regional subrayó que 1 de cada 3 jóvenes admite conducir mientras está emocionalmente alterado, sin considerar los riesgos.


La Especialista Leire Victoria Monegro, consultada por el País Do, coincide en que hablar de tránsito sin hablar de salud mental es quedarse a mitad del camino. “No basta con enseñar señales y leyes, hay que enseñar a reconocer emociones, a detenerse cuando no se está bien”, puntualizó Monegro.

Organizaciones juveniles han comenzado a impulsar campañas que conectan educación vial y bienestar emocional, promoviendo pausas, autocontrol y la importancia de pedir ayuda psicológica.

Conducir no es solo una habilidad mecánica, es un acto emocional. Mientras la salud mental siga siendo un tema invisible, las calles seguirán cobrando vidas jóvenes.

La prevención empieza mucho antes de arrancar el motor, empieza en la mente.

“Mente en rojo” no busca señalar culpables, sino generar conciencia, abrir el debate y recordar que cuidar la salud mental también es salvar vidas en las calles. Detrás de cada volante hay una historia personal, emociones no resueltas y silencios que pesan más que el acelerador.

Porque antes de arrancar un motor, hay que preguntarse: ¿cómo está mi mente hoy?

Si la respuesta es cansancio, ira, tristeza o ansiedad, detenerse también es un acto de responsabilidad. Frenar no siempre es perder tiempo; a veces es ganar vida.

La seguridad vial comienza mucho antes de llegar a la carretera. Empieza en la educación emocional, en la capacidad de reconocer límites y en una sociedad que deje de normalizar la prisa, la imprudencia y el descuido de la salud mental, especialmente entre los jóvenes.

Hablar de emociones al volante ya no es una opción, es una urgencia social. Porque cuando la mente va en rojo, ninguna vía es segura.

 

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