domingo, octubre 18, 2026

El turismo que nace en los fogones: cuando un plato se convierte en sustento para una comunidad

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Por: Walddy Lina Polanco

Desde las cocinas de Samaná hasta los nuevos destinos turísticos, pequeños restaurantes y emprendimientos gastronómicos convierten productos locales, recetas familiares y conocimientos transmitidos por generaciones en una fuente de empleo y oportunidades

SANTO DOMINGO, República Dominicana. — Antes de que un turista se siente frente a un plato de camarones, pescado, coco, plátano o arroz con habichuelas, alguien tuvo que sembrar, pescar, comprar, transportar, limpiar, cocinar y servir.

Detrás de cada plato que llega a la mesa de un visitante hay una cadena que pocas veces aparece en las fotografías del viaje: agricultores, pescadores, comerciantes, cocineras, pequeños restaurantes, transportistas y familias enteras que encuentran en la gastronomía una forma de generar ingresos.

En República Dominicana, esa relación entre comida y turismo comienza a adquirir una dimensión que va más allá de satisfacer el apetito del visitante: la cocina local puede convertirse en una herramienta para dinamizar economías comunitarias, preservar tradiciones y crear oportunidades de emprendimiento.

El fenómeno coincide con una industria turística que continúa expandiéndose y con una estrategia que busca conectar el turismo con sectores productivos locales.

El Presupuesto General del Estado para 2026 contempla entre sus objetivos fortalecer la relación entre turismo y comunidades mediante proyectos de infraestructura turística comunitaria y encadenamientos productivos, con énfasis en la integración de la agricultura, la cultura y la artesanía. 

Pero esa transformación no ocurre solamente en documentos oficiales.

Ocurre todos los días frente a una estufa.

La mujer que convirtió los sabores de Samaná en una oportunidad

En Sánchez, Samaná, la cocina empieza a ocupar un lugar cada vez más importante dentro de la apuesta por convertir al municipio en un destino gastronómico.

La historia reciente de Anabel Coplin, propietaria de Food Yummy, muestra cómo un plato puede convertirse en una carta de presentación territorial.

En agosto de 2026, Coplin ganó con su propuesta “La Paila Costera” un festival gastronómico realizado en Sánchez bajo la estrategia “Saborea el Paraíso”. El plato combinó arroz con coco, camarones con coco, ensalada verde, arepita de yuca y dulce de coco, utilizando ingredientes asociados a la identidad culinaria de la zona. 

El reconocimiento no quedó solamente en una premiación.

Coplin obtuvo como premio la posibilidad de viajar a Colombia junto con parte de su equipo para participar en una feria turística y presentar productos vinculados a la identidad de Samaná, entre ellos el camarón y el coco. 

Su historia permite observar un fenómeno mayor: cuando un destino convierte sus productos locales en experiencias gastronómicas, el alimento deja de ser solamente un producto de consumo y comienza a funcionar como parte de la identidad turística.

Sánchez tiene, además, una tradición vinculada al mar y a la pesca y es conocida por su relación con el camarón. El propio Ministerio de Turismo ha utilizado la gastronomía, la historia y los recursos naturales como elementos para fortalecer la propuesta turística del municipio. 

La pregunta entonces cambia:

¿Cuánto valor económico puede generar una receta cuando el visitante no solo quiere comerla, sino conocer la historia que existe detrás de ella?

Del pescador al plato

La respuesta comienza mucho antes de entrar a una cocina.

En destinos costeros, un plato de pescado o mariscos puede representar ingresos para más de una persona.

El pescador vende su captura.

El comerciante compra.

El transportista moviliza el producto.

La cocinera lo transforma.

El restaurante lo convierte en experiencia.

Y el turista paga por consumir algo que, en muchos casos, no puede reproducir de la misma manera en su lugar de origen.

Ese encadenamiento es precisamente uno de los desafíos del turismo dominicano: conseguir que una mayor proporción del gasto del visitante permanezca en los territorios que visita.

La política pública para 2026 plantea como una de sus prioridades profundizar la integración del turismo con otros sectores productivos y generar mayor derrame económico en las comunidades locales. 

La gastronomía puede ser uno de esos puentes.

Una cocina que también genera empleo

El crecimiento de la gastronomía como parte del turismo también está creando una demanda de personas capacitadas.

En septiembre de 2026, Supérate graduó a 333 estudiantes del Centro de Superación Gastronómica de Los Botados, en Boca Chica. La formación estuvo orientada a ampliar sus posibilidades de incorporación al mercado laboral y al desarrollo de iniciativas de emprendimiento. 

La capacitación no es un asunto menor.

La industria necesita cocineros, ayudantes de cocina, reposteros, camareros, administradores, emprendedores y personas capaces de convertir un producto local en una experiencia capaz de competir por el paladar del visitante.

De hecho, Infotep informó que entre agosto de 2020 y agosto de 2024 capacitó a 121,944 participantes vinculados al sector turismo, incluyendo áreas como gastronomía, arte culinario, panadería, repostería y servicios de bares y restaurantes. 

En mayo de 2026, esa institución también inició conversaciones con Asonahores para fortalecer la formación técnica y responder a las nuevas demandas del sector turístico y gastronómico. 

La cocina, por tanto, ya no puede verse únicamente como una actividad complementaria del turismo.

Para miles de personas, puede representar una puerta de entrada al mercado laboral o una oportunidad para construir un negocio propio.

Pero hay una historia que todavía no se cuenta

La pregunta fundamental no es solamente cuántos turistas comen en República Dominicana.

Es cuánto de lo que gastan termina beneficiando a quienes producen los alimentos y mantienen viva la cocina de cada destino.

Ahí está uno de los grandes retos.

Porque un hotel puede ofrecer un menú dominicano, pero la historia económica cambia cuando el plátano proviene de un agricultor de la zona; el pescado, de los pescadores locales; el cacao, de productores cercanos; el coco, de pequeñas fincas; y el plato es preparado por una cocinera de la comunidad.

La diferencia está en el encadenamiento.

Cuando esos vínculos existen, el turista no solamente consume.

Su gasto circula.

Tres cocinas, tres destinos, una misma historia

En Samaná, una emprendedora utiliza camarones y coco para contar la identidad de su territorio.

En Pedernales, las cocinas tradicionales también forman parte de la experiencia de quienes llegan atraídos por los paisajes y la naturaleza. Investigaciones periodísticas sobre el destino han documentado cómo cocineras locales preservan en sus ollas sabores asociados a las comunidades. 

Y en Puerto Plata, cocineras tradicionales como Rosa María Gómez, conocida como “La Chefa”, han participado en iniciativas destinadas a preservar y visibilizar recetas de la cocina dominicana. 

Son territorios diferentes.

Sus productos también.

Pero comparten una realidad: la cocina puede ser una forma de contar quiénes somos y, al mismo tiempo, una manera de ganarse la vida.

El plato como patrimonio

La gastronomía tiene además una dimensión cultural.

El plátano, la yuca, el coco, el pescado, los mariscos, el cacao, el café, las carnes y los víveres no son únicamente ingredientes.

Son parte de una memoria colectiva.

El Ministerio de Relaciones Exteriores destaca entre los alimentos característicos de la cocina dominicana productos como plátano, yuca, ñame, batata y yautía, además de preparaciones tradicionales como el mangú y los tostones. 

Cuando una cocinera prepara una receta aprendida de su madre o de su abuela para un visitante extranjero, está haciendo mucho más que cocinar.

Está traduciendo una parte de la cultura dominicana para alguien que llega de otro país.

Y si por ese plato se paga, también está convirtiendo patrimonio cultural en actividad económica.

El reto: que el turismo no se coma la identidad

Pero el crecimiento gastronómico también plantea una advertencia.

La incorporación de la cocina local al turismo debe evitar que las recetas se conviertan simplemente en productos diseñados para satisfacer expectativas externas.

El desafío consiste en lograr que la industria turística encuentre valor precisamente en aquello que hace diferente a cada comunidad.

Que el turista llegue a Samaná buscando sus sabores.

A Pedernales, sus pescados y productos locales.

A Puerto Plata, sus recetas y tradiciones.

A Sánchez, el camarón, el coco y la memoria de su relación con el mar.

Y que detrás de cada experiencia haya productores, cocineros y familias que reciban una parte justa del valor generado.

La nueva ruta turística podría comenzar en una cocina

Durante décadas, República Dominicana vendió al mundo una imagen construida alrededor de playas, hoteles y sol.

Ahora, una nueva generación de destinos comienza a descubrir que también puede atraer visitantes a través de lo que ocurre alrededor de una mesa.

El turismo gastronómico tiene una ventaja particular: obliga al visitante a detenerse, conversar y conocer.

Una playa puede fotografiarse en segundos.

Un plato necesita tiempo.

Hay que sentarse.

Preguntar.

Probar.

Escuchar la historia de quien lo preparó.

Conocer de dónde salió el ingrediente.

Y muchas veces regresar.

Ahí comienza una relación diferente entre el turista y el territorio.

Porque cuando una comunidad logra que el visitante se marche recordando no solo el paisaje, sino también el sabor de una comida, la experiencia turística deja de terminar en la puerta del hotel.

Y, si la cadena funciona, también se queda en el bolsillo de quien cultivó, pescó, cocinó o emprendió.

Entre la diálisis y los fogones: la chef de Samaná que convirtió su lucha por sobrevivir en un proyecto de vida

Glenny Amparo dirige su restaurante Nuevo Amanecer, trabaja en un hotel, continúa capacitándose y volvió a participar en “Plato del Verano” mientras espera un trasplante de riñón

SAMANÁ, República Dominicana.– Mientras una parte del mundo llega a Samaná buscando playas, naturaleza y descanso, en una pequeña cocina de esta provincia se libra todos los días otra batalla: la de una mujer que, entre tratamientos médicos y fogones, decidió no poner sus sueños en lista de espera.

Su nombre es Glenny Amparo.

Chef de un hotel de Samaná y emprendedora gastronómica, Amparo es propietaria del restaurante Nuevo Amanecer, un proyecto que nació de su experiencia, su amor por la cocina y su decisión de construir una fuente propia de ingresos.

Pero su historia tiene una particularidad que convierte cada plato que prepara en algo más que una propuesta gastronómica.

Glenny debe someterse a diálisis diariamente mientras permanece a la espera de un trasplante de riñón.

Y, aun así, continúa.

Continúa trabajando.

Continúa cocinando.

Continúa capacitándose.

Continúa emprendiendo.

Y este año volvió a poner su cocina a prueba al participar nuevamente en “Plato del Verano 2026”, concurso de gastronomía sostenible que reúne a nueve restaurantes de Samaná para promover los productos locales, las recetas tradicionales y una relación más sostenible entre gastronomía, cultura y territorio. 

Su historia plantea una pregunta que trasciende el plato:

¿Qué cambia en una comunidad cuando una receta familiar deja de ser solamente comida y se convierte en una experiencia turística capaz de generar ingresos, visibilidad y oportunidades?

En el caso de Glenny, la respuesta tiene nombre propio: Nuevo Amanecer.

Una cocina que se convirtió en emprendimiento

Antes de convertirse en propietaria de su propio restaurante, Amparo desarrolló su trayectoria profesional en la cocina de un hotel de Samaná.

La experiencia adquirida en el sector turístico le permitió dar un paso adicional: emprender.

Así nació Nuevo Amanecer, un negocio con el que ha logrado llevar su propuesta culinaria a residentes y visitantes, al tiempo que mantiene su trabajo en el sector hotelero.

La cocina dejó de ser únicamente su profesión y pasó a convertirse también en una herramienta de emprendimiento.

Su trayectoria alcanzó uno de sus momentos más importantes cuando obtuvo el primer lugar en “Plato del Verano”, reconocimiento que le permitió colocar el nombre de su restaurante entre las propuestas gastronómicas destacadas de Samaná.

Pero para Glenny aquel premio no significó el final de una historia.

Fue un comienzo.

En 2026 regresó al concurso.

Volver a intentarlo

La tercera edición de “Plato del Verano” busca que la gastronomía sea un vehículo para preservar los saberes culinarios y promover el consumo de productos de la provincia.

Este año participan nueve restaurantes, con propuestas elaboradas a partir de productos como coco, mango, frutos del mar y otros ingredientes vinculados a la despensa samanense.

Los establecimientos deben presentar una entrada, plato principal o postre elaborado principalmente con ingredientes locales y de temporada, respetar las vedas vigentes y evitar el uso de plásticos.

Los platos tienen precios de entre RD$700 y RD$1,000, impuestos incluidos.

La competencia también involucra directamente al consumidor: el voto del público representa 25 % de la puntuación final, mientras el 75 % corresponde al jurado técnico, que evalúa sabor, originalidad, presentación, utilización de productos locales y de temporada y representación de la cocina tradicional de Samaná. 

Para una pequeña empresa gastronómica, formar parte de una iniciativa de esta naturaleza significa mucho más que competir por un reconocimiento.

Significa exposición.

Significa atraer nuevos clientes.

Significa contar la historia del negocio.

Y significa demostrar que la cocina local puede formar parte de la experiencia turística.

El turismo que comienza en un fogón

República Dominicana cerró 2025 con 11,676,901 visitantes, de acuerdo con las cifras divulgadas por el Ministerio de Turismo. De ellos, 8,861,169 llegaron por vía aérea y 2,815,732 fueron cruceristas. 

El volumen de visitantes convierte al turismo en un enorme mercado potencial para los pequeños emprendimientos gastronómicos.

Pero la pregunta no es únicamente cuántas personas llegan al país.

También importa cuánto de ese movimiento económico alcanza a quienes producen los alimentos, preparan las recetas y sostienen los negocios en las comunidades.

Ahí es donde historias como la de Glenny adquieren otra dimensión.

Un plato elaborado en un pequeño restaurante puede activar una cadena económica que comienza con el productor local y continúa con comerciantes, pescadores, agricultores, transportistas, cocineros, camareros y emprendedores.

En Samaná, esa conexión entre gastronomía y territorio es precisamente uno de los objetivos de “Plato del Verano”.

La iniciativa busca fortalecer las capacidades del sector gastronómico, aprovechar productos de temporada y preservar las tradiciones alimentarias de la provincia. 

Una mujer que no puso sus sueños en pausa

Pero mientras su restaurante busca abrirse espacio dentro de la oferta gastronómica de Samaná, Glenny enfrenta diariamente una realidad completamente diferente.

Su enfermedad renal la obliga a someterse a diálisis y permanece a la espera de un trasplante.

La rutina médica podría haber significado detener sus proyectos.

Para ella ha ocurrido lo contrario.

La chef ha continuado trabajando en un hotel, atendiendo su emprendimiento y preparándose profesionalmente.

Su historia fue documentada recientemente bajo el título “Entre la diálisis y los fogones, mantiene viva la esperanza de un trasplante”, donde se recoge cómo la chef ha decidido mantener activa su vida profesional mientras espera la posibilidad de un donante compatible. 

En lugar de permitir que su condición de salud sea el único relato sobre su vida, Amparo ha construido otro alrededor de sus capacidades.

Uno que habla de trabajo.

De preparación.

De emprendimiento.

De gastronomía.

Y de perseverancia.

Nuevo Amanecer no es solo el nombre de un restaurante

Quizás una de las mayores coincidencias de esta historia está precisamente en el nombre del negocio.

Nuevo Amanecer.

El nombre parece resumir la aspiración de su propietaria: comenzar cada día nuevamente.

Para una mujer que espera un trasplante y que debe someterse a tratamientos médicos de manera constante, levantarse cada día para volver a trabajar representa una decisión.

La decisión de continuar.

Su restaurante se ha convertido así en una extensión de su historia personal.

Cada cliente que llega encuentra un plato, pero detrás de ese plato existe una mujer que ha decidido seguir construyendo.

Y esa construcción también tiene un impacto económico.

Porque cuando un visitante consume en un pequeño restaurante local, su gasto puede contribuir directamente al sostenimiento de una familia y al funcionamiento de una empresa que compra productos, contrata servicios y mantiene empleos.

La gastronomía como patrimonio y oportunidad

El caso de Glenny permite entender por qué la gastronomía puede ser una herramienta de desarrollo turístico.

Un destino no se vende únicamente por sus paisajes.

También se vende por sus sabores.

El visitante quiere conocer qué se come, quién lo prepara, qué productos se cultivan, cuáles son las recetas tradicionales y qué historias existen detrás de cada plato.

En Samaná, el coco, el mango, los productos del mar y las recetas tradicionales forman parte de esa identidad.

“Plato del Verano” busca precisamente poner esos elementos en valor y conectarlos con restaurantes y visitantes. 

El concurso incluso contempla incentivos económicos en forma de equipos y utensilios para los establecimientos destacados: US$2,000 para el primer lugar y US$1,500 para el segundo, además de un reconocimiento especial valorado en US$1,000 para el plato más original elaborado con coco y mango. 

Para grandes cadenas gastronómicas, esos montos pueden parecer modestos.

Para un pequeño emprendimiento, pueden representar herramientas para continuar creciendo.

El verdadero premio

La historia de Glenny también obliga a mirar el concepto de “ganar” desde otro ángulo.

Ganar puede significar obtener un trofeo.

Pero también puede significar abrir un negocio.

Conservar un empleo.

Capacitarse.

Conseguir un nuevo cliente.

Volver a competir.

Levantarse después de un tratamiento médico.

Y atreverse nuevamente a presentar un plato

 

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